«El ermitaño y su ombligo» nació de una inspiradora enseñanza que recibí de mi Maestro, recordando la vida y enseñanza de Milarepa, el yogi de los Himalayas que aprendió de su Maestro Marpa y éste a su vez de Naropa.

“No mires demasiado hacia tu ombligo” me decía.

El ermitaño entró en las cavernas de su mente sorteando bloques de cemento, paredes duras y anchas, semáforos agresivos y carreteras de pesado tráfico.

Caminó incesantemente por lugares oscuros que causan inquietud, donde las máscaras y los tintes sustituyen los cabellos blancos de todos aquellos que esconden el transcurrir de la vida.

El ermitaño se dio cuenta de que estar desnudo era algo duro. A veces quería maquillar también su realidad, descansar de la dura exigencia de sí mismo y perseguir el sueño de maya (ilusión). Se adentraba en su ombligo y su existencia se estrechaba. ¡Quería lanzarse a perseguir el balón dorado de la felicidad! Como si el río de la vida no le hubiera demostrado que arrastraba cadáveres en putrefacción, en los escenarios de cambio constante.

La memoria del ermitaño no le dejaba cruzar más allá del límite de su propio ombligo y le dolía, le dolía hacia dentro. Ese dolor estaba fuertemente enraizado en él, cruzando fascias, vísceras, huesos, médula y llegando al núcleo de su mente. Una memoria húmeda, resbaladiza, generaba humo dentro.

Había aprendido en sus diferentes vidas que éste era un largo proceso que seguía adelante, como la firme determinación de una bandada de pájaros que migran de un continente a otro. En momentos de luz, encontraba razones nacidas de una fe atemporal para seguir adelante.

Ya en su última vida decidió levantar la cabeza de su ombligo y se cegó por la luz. Abrazó lo desconocido y se dio cuenta de que todos sus poros estaban hechos de luz. Encontró la amistad consigo mismo y extrapolada hacia todos los seres. Vivía en sus propias células cada sensación percibida por los seres con los que contactaba de mil y ocho maneras diferentes.

Estaba preparado para desnudarse en la caverna de su yo y reducir todos los yoes a uno. El ermitaño se sentó dentro, y así estuvo, día tras día, semana tras semana. Sus uñas crecieron, su pelo creció, su cuerpo relucía como el mineral más puro.

Conocí la belleza, el sundaram, a través del ermitaño. Mi emoción se expandió más allá de los límites de mi cognición y me llenó de sublimes sentimientos, plenos de devoción.

Decidí quedarme y pedir aprender en la cueva de mi Ser, donde residía el ermitaño.

 

Diksha Chaitanya